
Adoro esos teléfonos antiguos, con un auricular enorme, y un larguísimo cable en espiral en el que enrollar mis ideas mientras hablo horas y horas y horas. Me gustan los pantalones con bolsillos. No soporto abrir la nevera y descubrir que mi hermano ha dejado sólo un culín de leche en el tetrabric. Me encanta cerrar los ojos y bailar desnuda en mi habitación, siguiendo el ritmo de una canción que sólo está en mi cabeza. Odio al obrero que pone en marcha su martillo percutor justo cuando el protagonista de mi película favorita había decidido sincerarse conmigo. O a ese oportuno vecino que me obliga a escuchar su pseudomúsica infernal, cuando lo único que a mí me apetece es leer un rato, perderme entre palabras e historias que no me pertenecen. Me pueden las interrupciones, en general. Me gusta llevar falda, sólo para salir a la calle, empezar a dar vueltas y ver cómo ondea su vuelo. Me desquicia tener que frenar de golpe cuando es otro el que ha cometido una infracción. Me llena de Vida llegar a un parque y tirarme rodando por la hierba. Y es mucho mejor si puedo sentir en mi piel el rocío de la mañana. Me da rabia que se ponga a llover el día en que yo decido ponerme tirantes y sandalias... ¡que me ha costado una semana dar el paso! ¿Pero hay algo mejor que pasear bajo la lluvia? A lo mejor. Ver las gotas resbalando por el cristal de mi ventana, mientras me quedo estirada en mi sofá, tapadita con esa manta de colores, bebiendo un tazón de leche con cacao (caliente, sólo por esta vez). Darle cinco (o diez o quince o veinte..) minutos de margen al despertador. O mejor, abrir los ojos a las seis y descubrir que tienes toda una mañana de sábado para cerrar la ventana y seguir durmiendo. Pero que nadie venga despertándome a gritos ni me haga hablar cuando todavía no sé quién soy. Si te esperas media hora y resultas una compañía agradable, podremos disfrutar de una Buena conversación. Y si quieres luego nos vamos a pisar hojas secas (:




